martes, junio 27, 2017

Catequesis del 21 de junio de 2017 en la audiencia del papa Francisco

La esperanza y la intercesión de los santos en nuestro camino, estuvieron en el centro de la audiencia.

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        El día de nuestro bautismo, ha resonado para nosotros la invocación a los santos. Muchos de nosotros en ese momento éramos niños en los brazos de nuestros padres. Poco antes de recibir el óleo de la unción bautismal como catecúmenos, símbolo de la fuerza de Dios en la lucha contra el mal, el sacerdote invita a toda la asamblea a rezar por aquellos que están a punto de recibir el bautismo, invocando la intercesión de los santos.

        Esta es la primera vez que en el curso de nuestra vida, nos regalaron la presencia de los hermanos y hermanas ‘mayores’, que han pasado por nuestro mismo camino, que han vivido nuestras mismas fatigas, y viven para siempre en el abrazo de Dios.

        La Carta a los Hebreos define esta compañía que nos rodea, con la expresión “multitud de testigos”. Así son los santos: una multitud de testimonios. Los cristianos en el combate contra el mal, no se desesperan. El cristianismo cultiva una confianza inquebrantable: no cree que las fuerzas negativas y disgregantes puedan prevalecer.

        La última palabra sobre la historia del hombre no es el odio, no es la muerte, no es la guerra. En cada momento de la vida nos asiste la mano de Dios, y también la discreta presencia de todos los creyentes que “nos han precedido con el signo de la fe”, (Canon Romano).

        Su existencia nos demuestra sobre todo que la vida cristiana no es un ideal inalcanzable. Y además nos conforta: no estamos solos, la Iglesia está compuesta de innumerables hermanos, a menudo anónimos, que nos han precedido y que por la acción del Espíritu Santo están involucrados en las vivencias de los que todavía viven aquí abajo.

        La del bautismo, no es la única invocación a los santos que marca el camino de la vida cristiana. Cuando los novios consagran su amor en el sacramento del Matrimonio, viene invocada de nuevo para ellos –en esta ocasión como pareja– la intercesión de los santos. Y esta invocación es fuente de confianza para los dos jóvenes que parten hacia el ‘viaje’ de la vida conyugal.

        Quien ama de verdad tiene la necesidad y el valor de decir ‘para siempre’, pero también sabe que necesita de la gracia de Cristo y de la ayuda de los santos para poder vivir la vida matrimonial para siempre. No como algunos dicen: ‘hasta el dura el amor’. No: para siempre. Contrariamente es mejor no casarse. O para siempre o nada.

        Por esto, en la liturgia nupcial, se invoca la presencia de los santos. Y en los momentos difíciles, hace falta el valor para alzar los ojos al cielo, pensando en tantos cristianos que han pasado por tribulaciones y han conservado blancos sus vestidos bautismales, lavándolos en la sangre del Cordero. Así dice el libro del Apocalipsis.

        Dios no nos abandona nunca: cada vez que le necesitemos, vendrá un ángel suyo a levantarnos y a infundirnos su consuelo. “Ángeles” que algunas veces tienen un rostro y un corazón humano, porque los santos de Dios están siempre aquí, escondidos en medio de nosotros.

        Esto es difícil de entender y también de imaginar, pero los santos están presentes en nuestra vida. Y cuando alguno invoca un santo o una santa, es justamente porque está cerca de nosotros.

        También los sacerdotes custodian el recuerdo de una invocación a los santos pronunciada sobre ellos. Es uno de los momentos más conmovedores de la liturgia de ordenación. Los candidatos se echan a tierra, con la cara hacia el suelo. Y toda la asamblea, guiada por el obispo, invoca la intercesión de los santos. Un hombre, que permanece aplastado por el peso de la misión que se le confía, pero que al mismo tiempo siente todo el paraíso en sus espaldas, que la gracia de Dios no faltará, porque Jesús permanece siempre fiel, y por tanto se puede partir serenos y llenos de ánimo. No estamos solos.

        ¿Y qué somos nosotros?, somos polvo que aspira al cielo. Débiles en nuestras fuerzas, pero potente el misterio de la gracia que está presente en la vida de los cristianos. Somos fieles a esta tierra, que Jesús ha amado en cada instante de su vida, pero sabemos y queremos esperar en la transfiguración del mundo, en su cumplimiento definitivo, donde finalmente no habrá más lágrimas, ni maldad ni sufrimiento. Que el Señor nos de la esperanza de ser santos.

        Pero alguien podría preguntarme:
        — ‘¿Padre, se puede ser santos en la vida de todos los días?’
        — Sí se puede.
        — ‘¿Esto significa que tenemos que rezar durante todo el día?’.
        — No, significa que uno tiene que hacer su deber todo el día, rezar, ir al trabajo, cuidar a los hijos.
        Pero hay que hacer todo esto con el corazón abierto hacia Dios, de manera que en el trabajo, en la enfermedad y en el sufrimiento, y también en las dificultades, estar abiertos a Dios. Y así uno puede volverse santo. Que el Señor nos de la esperanza de ser santos.

        ¡No pensemos que es algo difícil, que es más fácil ser delincuentes que santos! No. Se puede ser santos porque nos ayuda el Señor y es Él quien nos ayuda. Es el gran regalo que cada uno de nosotros puede devolver al mundo.

        Que el Señor nos de la gracia de creer tan profundamente en Él, que podamos volvernos imagen de Cristo en este mundo. Nuestra historia necesita ‘místicos’. Tiene necesidad de personas que rechazan todo dominio, que aspiran a la caridad y a la fraternidad. Hombres y mujeres que viven aceptando también una porción de sufrimiento, porque se hacen cargo de la fatiga de los demás. Y sin estos hombres y mujeres el mundo no tendría esperanza.

        Por esto les deseo a ustedes –y lo deseo también para mi– que el Señor nos de la esperanza de ser santos. Gracias» Ciudad del Vaticano, 21 junio 2017.

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lunes, junio 26, 2017

NUESTROS MIEDOS

Salmo 68, La carga de la vida

«Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello».
Estoy cansado de la vida. Estoy harto del triste negocio del vivir. No le veo sentido a la vida; no veo por qué he de seguir viviendo cuando no hay por qué ni para qué vivir. Ya me he engañado bastante a mí mismo con falsas esperanzas y sueños fugaces. Nada es verdad, nada resulta, nada funciona. Bien sabes que lo he intentado toda mi vida, he tenido paciencia, he esperado contra toda esperanza... y no he conseguido nada. A veces había algún destello, y yo me decía a mí mismo que sí, más tarde, algún día, en alguna ocasión, se haría por fin la luz y se aclararía todo y yo vería el camino y llegaría a la meta. Pero nunca se hizo la luz. Por fin, he tenido que ser honrado conmigo mismo y admitir que todo eso eran cuentos de hadas, y seguí en la oscuridad como siempre lo había estado. Estoy de vuelta de todo. He tocado fondo. Estoy harto de vivir. Déjame marchar, Señor.
«Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos».
Siento el peso de mi fracaso, pero, si me permites decirlo, lo que de veras me
oprime y me abruma es el peso de tu propio fracaso, Señor. Sí, tu fracaso. Porque, si la vida humana es un fracaso, tú eres quien la hiciste, y tuya es la responsabilidad si no funciona. Mientras sólo se trataba de mi propia pena, yo me refugiaba en el pensamiento de que no importaba mi sufrimiento con tal de que tu gloria estuviera a salvo. Pero ahora veo que tu gloria está íntimamente ligada a mi felicidad, y es tu prestigio el que queda empañado cuando mi vida se ennegrece. ¿Cómo puede permanecer sin mancha tu nombre cuando yo, que soy tu siervo, me hundo en el fango?

"Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí".

Por ti y por mí, Señor, por tu honra y por la mía, no permitas que mi alma perezca en la desesperación. Levántame, dame luz, dame fuerzas para soportar la vida, ya que no para entenderla. Sálvame por la gloria de tu nombre.

«Arráncame del cieno, que no me hunda,
líbrame de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí».

No pido más que un destello, un rayo de luz, una ventana en la oscuridad que me rodea. Un relámpago de esperanza en la noche del desaliento. Un recordarme que tú estás aquí y el mundo está en tus manos y todo saldrá bien.
Que se abran las nubes, aunque sólo sea un instante, para que yo pueda ver un jirón de azul y asegurarme de que el cielo existe y el camino queda abierto a la ilusión y a la esperanza. Hazme sentir la gloria de tu poder en el alivio de mi impotencia.
"Yo soy un pobre malherido, Dios mío,
tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias".
¡Señor!, reconcíliame de nuevo con la vida.


NUESTROS MIEDOS

      Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

      Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

      Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

      Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

       La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada.

       Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

       La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

        Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús:
       «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.
José Antonio Pagola


 ORACION DE ACCION DE GRACIAS

¿Ya no recordábamos dónde estábamos, de dónde nos has rescatado? El pecado nos había hecho a todos extraños los unos para los otros, lobos unos contra otros.
       Hemos llegado a pensar que es normal vivir pecado, has vencido a la muerte y has demostrado que es posible vivir desde ahora como hermanos unos de otros, una sola familia de Dios.
       No nos dejes caer en la tentación de mirar atrás y caer de nuevo en el miedo, la sospecha, la desesperación y el egoísmo a ultranza.
       Que tu gracia nos sostenga en el camino de la confianza y el amor.
P. Julián Montenegro Sáenz.

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domingo, junio 25, 2017

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.Reflexión (No tengáis miedo)

Cuando fue elegido Papa Juan Pablo II las primeras palabras que pronunció al aparecer ante la multitud reunida en la plaza de San Pedro fueron Éstas: “No tengáis miedo”. Y estas mismas palabras las pronunció muchas veces a lo largo de su vida. Se refería, claro está, a ser verdaderos testigos de Cristo, valientes y decididos, con mucho respeto a quienes no comparten nuestra fe, pero sin ocultarla. A dar la cara y manifestarse como cristianos siempre y en todo. 

Voy a decir algo que, sin duda alguna, puede sorprender. Digo: El miedo no es cristiano. Pero matizo: Es muy humano tener miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo a un fracaso económico, miedo a alguien que nos puede hacer algún daño grave, miedo al futuro, miedo… El mismo Cristo, humano que era, tuvo miedo a morir. Tanto que en el huerto de Getsemaní le pedía al Padre que le quietara ese cáliz, el cáliz de la pasión y muerte. Pero, lleno del Espíritu, se repuso y se entregó voluntariamente a una muerte terrible, pero redentora. Dijo: Que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y el miedo desapareció, recobró la paz y se armó de valor.

El creyente, el seguidor de Jesús, está llamado a ir superando muchos miedos. ¿Todos? Cada cual verá. El miedo a la muerte se supera si, por la fe en Jesús, sabemos y estamos convencidos, de que la muerte nos facilita el paso a la vida definitiva. El miedo a la en-fermedad, aunque fuera larga y penosa, se supera en gran manera si experimentamos en ella la presencia de un Dios Padre, compasivo y misericordioso, muy presente en nuestro dolor y en nuestros padecimientos.

Pero Jesús no habla en este evangelio del miedo en general a lo malo que pudiera acon-tecernos. Hay que tomar sus palabras en su propio contexto. ¿Y cuál era ese contexto? Este fragmento del evangelio forma parte de las instrucciones que Jesús dio a sus discí-pulos para la primera misión que les encomendaba. Les encomienda una misión muy di-fícil. Los envía como corderos en medio de lobos. Serán perseguidos, incomprendidos, marginados, etc. Y les dice: “No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. 

Entonces y ahora los cristianos han sido y son perseguidos y martirizados. Repito: Tam-bién ahora. Hoy día la Iglesia es perseguida en muchos lugares del mundo. A todos nos impresiona lo que está pasando en Siria, en el oriente medio y en el norte de África. Un número ingente de mártires muere por vivir y defender su fe. El texto de hoy quiere dar ánimo a los que se sienten perseguidos por su fe, infundiendo en el discípulo ilusión y esperanza contra toda esperanza.

Incluso, aunque no nos persigan ni martiricen, aunque no nos maten por ser cristianos, nos pueden marginar, burlarse de nosotros, ridiculizar a la Iglesia, legislar en contra de ella. Somos, o podemos ser, ser en cierta manera perseguidos. Es una persecución muy sutil, pero clara y patente. No es fácil ser cristianos en estos tiempos, mucho menos en muchos países del occidente, donde se implantó la fe casi desde los primeros tiempos. 

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, nos dice hoy Jesús. Un ejemplo son los mártires: no temían al verdugo e iban a la muerte hasta con alegría. Afortunadamente, tenemos muchos ejemplos de personas que han hecho de su confianza en Dios un arma maravillosa que les permitió vencer espiritualmente todas las amenazas y males del cuerpo. Empezando, por supuesto, por el mismo nuestro Señor Jesucristo y siguiendo por tantos santos y personas anónimas que supieron mantener la paz en medio de los mayores males y amenazas físicas.
Pensemos cada uno de nosotros en aquellas personas conocidas nuestras, padres, abuelos, familiares, que física y corporalmente sufrieron mucho, pero que interiormente no perdieron nunca la  paz interior, gracias a su profunda confianza en Dios. No debemos ocultar nada nuestra fe, ni mantener demasiadas reservas y mucho menos construirnos "dobles vidas". El miedo es muy muy humano, pero la fuerza de la fe, la vida de la gracia, la esperanza en Cristo, que es nuestra vida, nos libera de muchos de nuestros temores.

El evangelio incide también en la necesidad --es una obligación-- de dar testimonio de Jesús sin paliativos. Si le negamos, Él nos negará ante el Padre. Pero hemos de dar el testimonio preciso, claro y oportuno. Parafraseando a San Pablo diríamos que no podemos dejar de predicar el nombre de Jesús y el de su Santa Iglesia.
P. Teodoro Baztán Basterra.

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sábado, junio 24, 2017

LAS CONDICIONES DEL PÁJARO SOLITARIO

“La primera, que se va a lo más alto”
Si fuera yo, si fuera yo, si fuera
un pájaro de llama enamorado,
un pájaro de luz tan incendiado
que en el silencio de tu noche ardiera;

si pudiera subirme, si pudiera
muy más allá de todo lo creado
y en la última rama de mi Amado
pusiera el corazón y el alma entera;

si aún más alto, más alto, y más volara;
allí donde no hay aire ya, ni vuelo,
allí donde tu mano es agua clara

y no es preciso mendigar consuelo,
allí –¡qué soledad!- yo me dejara
dulcemente morir de tanto cielo.

JOSÉ LUÍS MARTÍN DESCALZO
(Madridejos 1930- Madrid 1991)



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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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