miércoles, febrero 22, 2017

EL COMBATE CRISTIANO (I)

La gracia de Cristo vence al diablo
La corona de la victoria no se promete sino a los que luchan. En la divinas Escrituras vemos que, con frecuencia, se nos promete la corona si vencemos. Pero para no ampliar demasiado las citas, bastará recordar lo que claramente se lee en el apóstol San Pablo: terminé la obra, consumé la carrera, conservé la fe, ya me pertenece la corona de justicia (2Tm 4,7-8). Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, al que si vencemos seremos coronados. Ciertamente es aquel a quien Cristo venció primero, para que también nosotros, permaneciendo en Él, le venzamos. Cristo es realmente la Virtud y la Sabiduría de Dios, el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas, el Hijo Unigénito de Dios, que permanece inmutable siempre sobre toda criatura. Y si bajo Él está la criatura, incluso la que no pecó (Jn 1,1-3), ¿cuánto más lo estará toda criatura pecadora? Si bajo Él están los santos ángeles, mucho más los estarán los ángeles prevaricadores cuyo príncipe es el diablo. Pero como el diablo defraudó nuestra naturaleza, el Hijo único de Dios se dignó tomar esa misma naturaleza, para que, por ella misma, el diablo fuera vencido. Así, Él, que tuvo siempre sometido al diablo, le sometió también a nosotros. A él se refiere cuando dice: el príncipe de este mundo ha sido arrojado fuera (Jn 12,31). No porque fuera expulsado del mundo, como dicen algunos herejes, sino que fue arrojado del alma de los que viven unidos al Verbo de Dios y no aman al mundo del que él es el príncipe porque domina a los que aman los bienes temporales que se poseen en este mundo visible. No quiero decir que él sea el dueño de este mundo, sino que es el príncipe de las concupiscencias con las que se codicia todo lo pasajero. Así, somete a los que aman los bienes caducos y mudables y se olvidan del Dios eterno. Pues: raíz de todos los males es la codicia, a la que algunos amaron y se desviaron de la fe, y, así, se acarrearon muchos sufrimientos (1Tm 6,10). Por esta concupiscencia reina el diablo en el hombre y posee su corazón. Esos son los que aman este mundo. Pero se renuncia al diablo, que es el príncipe de este mundo, cuando se renuncia a las corruptelas, a las pompas y a los ángeles malos. Por eso, el Señor, al llevar en triunfo la naturaleza humana, dice: Sabed que yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

 Pero muchos dicen: ¿Cómo podemos vencer al diablo si no le vemos? Tenemos ya un Maestro que se ha dignado mostrarnos cómo se vencen los enemigos invisibles. Pues de Él dice el Apóstol: se desnudó de la carne y sirvió de modelo a principados y potestades, al triunfar confiadamente de ellos en sí mismo (Col 2,15). Vencemos las potestades hostiles invisibles cuando vencemos las apetencias invisibles. Y por eso, cuando vencemos en nosotros la codicia de los bienes temporales, necesariamente vencemos en nosotros al que reina en el hombre por esa codicia. Pues, cuando se le dijo al diablo: comerás tierra, se le dijo al pecador: eres tierra y tierra te volverás (Gn 3,14.19). Así, el pecador fue dado como alimento al diablo. No seamos tierra si no queremos ser devorados por la serpiente. Pues, así como lo que comemos se convierte en nuestro cuerpo, y el mismo alimento se hace aquello mismo que somos por el cuerpo, así también, por las malas costumbres, por la malicia, la soberbia y la impiedad, se hace uno, como el diablo, esto es, igual a él, y se somete a él, como nuestro cuerpo nos está sometido. Y esto es lo que significa ser devorados por la serpiente. Así pues, todo el que tema aquel fuego que está preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41), trabaje para triunfar de aquél en sí mismo. Pues a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro cuando vencemos las concupiscencias por las que ellos nos dominan. Porque únicamente a los que encuentran iguales que ellos, los llevan consigo al suplicio.
Agon. I-II

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martes, febrero 21, 2017

Cultura del descarte, embriones y aborto

     El Papa Francisco ha denunciado varias veces la cultura del descarte. ¿Se aplica esta denuncia a temas como el aborto, la fecundación artificial, el diagnóstico prenatal?
      
 Para responder, necesitamos recordar qué se entiende por cultura del descarte. En la exhortación “Evangelii gaudium” (n. 53) el Papa Francisco indicó que este tipo de cultura ve al ser humano como un bien de consumo, como algo que puede ser usado y que, cuando no sirve, se tira.

        En muchos lugares del planeta la cultura del descarte se aplica a los embriones, sobre todo en dos ámbitos muy concretos: la reproducción artificial y el aborto.

        La reproducción artificial en sus diferentes formas (especialmente en la fecundación en vitro) busca obtener un hijo, y un hijo que responda a las expectativas de sus padres.

        Para conseguir ese hijo, con frecuencia las clínicas de reproducción asistida producen varios embriones. Unos son congelados como material disponible para eventuales usos en el futuro. Otros son analizados, si así se decide, con un diagnóstico preimplantacional para controlar su “calidad” y sus características.

        Luego, si los padres (o solo la mujer) están de acuerdo, se determina cuáles y cuántos de esos embriones son trasladados al seno materno para lograr el embarazo tan deseado, y qué se hace con los “sobrantes”.

        Cuando se trasladan varios embriones, es posible que se produzca un embarazo plurigemelar. ¿Cómo se afronta la situación? No pocas veces se decide la “reducción embrionaria”, que es simplemente un aborto: se eliminan los embriones “en exceso” para dejar solo a uno, o quizá a dos, según los deseos de la madre.

        El fenómeno de la “reducción embrionaria” manifiesta una de las facetas típicas de la cultura del descarte: solo viven los embriones deseados, los demás sobran y son eliminados.

        Esa misma faceta es la que explica la amplia difusión del aborto en tantos contextos y países.

        Sí: el aborto existe cuando un hijo es visto como “algo”, como un “producto” no deseado. No es deseado por llegar en un momento “inoportuno”, por la situación personal de la mujer, por los planes del marido o del padre, o por otros motivos.

        Entre esos motivos también se da el eugenésico, desde el uso, muy extendido, del diagnóstico prenatal, que permite controlar si existan en el embrión defectos o características no deseadas. Cuando tales defectos son descubiertos, muchos optan por destruir a esos embriones o también a fetos más desarrollados.

        Una vez que el embrión ha quedado clasificado como cosa que vale según los deseos de otros, la cultura del descarte aceptará sin mayores problemas que sea destruido. Lo cual es una mentalidad injusta, porque rechaza el valor intrínseco de algunos seres humanos (los hijos antes de nacer), a los que se ve como productos que no “sirven” si no corresponden con los deseos de quienes deberían protegerlos y amarlos.

     

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Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado

Centraos, hermanos míos, en el amor, que la Escritura alaba de tal manera que admite que nada puede comparársele. Cuando Dios nos exhorta a que nos amemos mutuamente, ¿acaso te exhorta a que ames solamente a quienes te aman a ti? Este es un amor de compensación, que Dios no considera suficiente. Él quiso que se llegase a amar a los enemigos cuando dijo: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a quienes os odian y orad por quienes os persiguen, para ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos, quien hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. ¿Qué dices a esto? ¿Amas a tu enemigo? Quizá me respondas: «Mi debilidad me lo impide». Ponte en marcha, haz por poder, sobre todo teniendo en cuenta que has de orar al juez al que nadie puede engañar y que ha de llevar tu causa. Interpela, pues, a ese juez allí donde ningún mensajero causa desconcierto, ningún magistrado se echa atrás ni se envía ningún abogado que pueda interceder por ti o decir las palabras que tú no has aprendido, sino que el mismo Hijo único de Dios, igual al Padre, que se sienta a su derecha como su asesor, tu mismo juez, te enseñará las pocas palabras que cualquier persona, por ignorante que sea, puede retener y repetir; en ellas, por voluntad suya, radica tu causa; te enseñó el derecho celeste, cómo has de orar.

Pero quizá respondas: «¿Por quién tengo que pedir: por mí o por los demás?» Quien te enseñó a orar es quien ruega por ti, puesto que eras culpable. Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que orar y defender tu causa con pocas palabras, has de llegar a aquéllas: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Dios te dice: «¿Qué me das a cambio de que yo te perdone todos tus pecados? ¿Qué don me ofreces, qué sacrificio de tu conciencia colocas sobre mi altar?» A continuación te ha enseñado lo que has de pedir y lo que tienes que ofrecerle. Tú pides: Perdónanos nuestras deudas; pero ¿qué le ofreces? Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Eres deudor de aquel a quien no se le puede engañar; pero también tú eres acreedor. Dios te dice: «Tú eres mi deudor; fulano lo es tuyo; yo haré contigo, mi deudor, lo que hagas tú con el tuyo. He ahí el don que has de ofrecerme: el perdonar a tu deudor. Tú me pides misericordia; no seas perezoso en concederla». Presta atención a lo que dice la Escritura: Quiero la misericordia antes que el sacrificio. No ofrezcas un sacrificio que no vaya acompañado de la misericordia, porque no se te perdonarán los pecados si no lo acompañas de la misericordia.

San Agustín, Sermón 386,1

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lunes, febrero 20, 2017

UNA LLAMADA ESCANDALOSA

La llamada al amor es siempre seductora. Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.

Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración de su pueblo, enfrentándose al clima general de odio que se respiraba en su entorno, proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os calumnian”.

Su lenguaje es escandaloso y sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse sino en amar incondicionalmente a todos. Quien se sienta hijo de ese Dios, no introducirá en el mundo odio ni destrucción de nadie.

El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús, dirigida a personas llamadas a una perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos incluso de sus enemigos.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón.

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.

Pero no se trata solo de no hacerle mal. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos alegrándonos de su desgracia.

El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

     Cuando alguien me hace daño, pienso enseguida que el mundo está podrido, que no puedo fiarme de nadie y que he de usar mis armas para sobrevivir.

     Y así se va propagando, de generación en generación, el egoísmo, la violencia, la mentira, la desconfianza y la venganza.

     Tú has venido, Señor, a romper este círculo vicioso, a redimir este pecado original.

     El fuego no se vence con más fuego: el mal no se vence con más mal. El fuego se vence con el agua y el mal se vence con el bien.

     Que el agua de tu bautismo, por el cual nos identificamos contigo, nos haga capaces de esparcir por el mundo la semilla del Reino que tú has plantado, y que germinen en él la paz y el bien.
P. Julián Montenegro Sáenz

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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