sábado, febrero 17, 2018

Liturgia de la Palabra: Homilía “breve” pero “bien preparada”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Seguimos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

        El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya – o, en Cuaresma, otra aclamación – con el cual “la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor quién le hablará en el Evangelio”[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio es la luz para entender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente “Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica”[2]. Jesucristo está siempre en el centro, siempre.

        Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular[3]. En efecto, sólo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; las velas y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la “buena noticia” que convierte y transforma. Es un diálogo directo, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, “Gloria a Ti, Señor”, o “Alabado seas, Cristo”. Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo que nos habla, allí. Y por eso prestamos atención, porque es un coloquio directo. Es el Señor el que nos habla.

        Así, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo han ido las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de que lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por eso escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. San Agustín escribe que “la boca de Cristo es el Evangelio”.[4] Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra”. Si es verdad que en la liturgia “Cristo sigue anunciando el Evangelio” [5], se deduce que, al participar en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y tenemos que responder con nuestra vida.

        Para que su mensaje llegue, Cristo también se sirve de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía[6]. Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancias, – ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora- ni una conferencia, ni tampoco una lección: la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es “un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo”,[8] para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su carrera haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Acordaos de lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.

        Ya he tratado el tema de la homilía en la Exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico “exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. “[9]

        El que pronuncia la homilía deben cumplir bien su ministerio – el que predica, el sacerdote, el diácono o el obispo- ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la misa, pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. En primer lugar, prestando la debida atención, es decir, asumiendo la justa disposición interior, sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga, no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve!. Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: “¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde si dice misa sin homilía”. Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros charlan o salen a fumarse un cigarrillo… Por eso, por favor, que la homilía sea breve, pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor.

        En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, escuchamos la “buena noticia”, ella nos convertirá y transformará y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.
   Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 7 febrero 2018.  

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viernes, febrero 16, 2018

El derecho a la vida de los “pre-embriones”


        A inicios del siglo XX estaba de moda la sociología. Los cultores de esta nueva ciencia se volcaban, sobre todo, en el estudio de algunos pueblos “primitivos”, esos que sobreviven en distintos lugares de nuestro planeta, que usan taparrabos y que saltan alrededor del fuego en las noches de luna llena. Uno de esos grandes estudiosos, Lévi-Strauss, no dudaba en afirmar que todos los hombres, aunque fuesen muy primitivos, eran siempre “humanos”. Entonces, ¿de dónde proceden las enormes diferencias entre el cazador con arco y flechas y el “manager” que lleva una computadora portátil y corre apresurado por los pasillos enmarmolados de modernas oficinas luminosas? En el hecho de cada uno, en su grupo, en su tiempo y en su lugar geográfico, manifiesta de distintas maneras sus propias capacidades humanas, respondería el mismo sociólogo francés. En otras palabras, que cada uno expresa de modo diverso una única realidad: el carácter humano que, en el fondo, nos hace a todos iguales en la diversidad.

        Esta afirmación encierra consigo consecuencias transcendentales. Afirmar que todos somos igualmente humanos ha sido una conquista lenta, y no han faltado momentos en los que por egoísmos, por intereses de grupo, en algunos casos también por ignorancias más o menos culpables, no se ha percibido esa verdad ni su alcance práctico. Un genio griego como Aristóteles consideraba a los esclavos como hombres (no podía negar la evidencia) pero a la vez les negaba la condición de “personas”, de seres libres con derechos. Y la misma suerte le tocó a la mujer en el pensamiento del gran filósofo griego...

        Más cercanos a nosotros en el tiempo y en el espacio, vimos cómo en el siglo XVI hubo conquistadores que quisieron ver en los indígenas de América a seres inferiores, “casi-no personas”, “casi-no hombres”, para poder justificar así una situación de opresión e injusticia. Gracias a Dios, los teólogos de la escuela de Salamanca, y, de un modo más contundente, el Papa de Roma, aclararon el asunto a nivel doctrinal y defendieron valientemente el carácter humano y digno de nuestros oprimidos antepasados, aunque, a pesar de esta enseñanza en favor de los conquistados, se continuaron muchos atropellos y esclavizaciones (menos, desde luego, que los que sufrieron los desafortunados indígenas en otros lugares del planeta, donde fueron masacrados como si fueran animales...).

        La biología ha profundizado más en esta verdad, y ha descubierto durante este siglo, gracias al desarrollo de la genética, que comenzamos a ser miembros de la especie humana desde el momento de nuestra concepción, es decir, desde que se juntaron el espermatozoide de mi padre y el óvulo de mi madre, y se creó un nuevo tesoro genético, tan particular y tan especial que no existe otro en el mundo como yo... Esta verdad ya ha sido usada incluso en los tribunales de algunos países modernos: en vez de estudiar las huellas digitales para descubrir al presunto delincuente, se han realizado análisis de DNA (es decir, de esa secuencia maravillosa de la que gozamos desde el momento de la fecundación del óvulo materno).

        Sin embargo, seguimos encontrando (hoy como ayer) individuos interesados en negar el carácter humano de algunas categorías de seres como nosotros. En 1984, por ejemplo, un grupo de investigadores británicos se reunieron e impusieron una palabra nueva en casi todos los libros de la ciencia: “pre-embrión”. La palabra ha recorrido con la velocidad de la luz todo el planeta. ¿Por qué hablar de “pre-embrión”? El motivo es sencillo: la fecundación artificial estaba creando muchos embriones “sobrantes” (normalmente sometidos a la “tortura” de la congelación), y la ley solía proteger y prohibir cualquier experimento sobre embriones humanos. En cambio, si se introducía, observando algunos datos de desarrollo embrional, la noción de “pre-embrión”, podíamos lograr (como se ha logrado) una reglamentación que diese espacio a los experimentos sobre estos seres “pre-humanos”. Estamos dentro de la misma lógica de quien dijo que el esclavo no era persona y que el indígena era sub-humano, sólo que ahora somos más refinados y usamos guantes esterilizados y bisturís de acero inoxidable...

        Creo que conviene reconquistar el principio fundamental de cualquier humanismo auténtico, como el que alimentó aquella estupenda Declaración de los Derechos Humanos que va a cumplir el 10 de diciembre sus 50 años de vida: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos...” (art.1). “Cada individuo tiene derecho a la vida”(art.3), y ello más allá de cualquier otro condicionamiento (clase social, raza, condición, etc., art.2).

        Ese principio fundamental, el derecho a la vida, está en peligro cuando se persigue, por medio del crimen o de la guerra, a un grupo de personas de modo injusto o arbitrario. Ese principio está en peligro cuando se promueve el aborto selectivo o el infanticidio porque el niño no responde a los sueños de los padres o de la sociedad. Ese principio está en peligro cuando miles de pre-embriones (bonita palabra para encubrir la realidad de una masacre realizada con los más refinados adelantos científicos) quedan a merced de los médicos, que pueden usarlos para sus experimentos o quemarlos cuando lo deseen.

        El principio del valor de la vida de cada hombre está en peligro. Lo ha estado siempre y lo estará en el futuro, porque el egoísmo es capaz de llevarnos a pisotear al prójimo, a dañar al débil e indefenso en favor de los propios y mezquinos intereses individuales o de grupo. Pero también es verdad que ese principio, en una forma maravillosa que se llama amor y solidaridad, ha vivido, vive y vivirá en miles y en millones de hombres y mujeres, quizá desarmados, quizá pobres, quizá sin “voz” en los medios de comunicación, pero que todos los días acogen al otro, lo ayudan, lo alimentan, lo aman, sin fijarse en si es hombre o mujer, alto o bajo, gordo o flaco, listo o tonto, “normal” (una palabra muy difícil de explicar, pues todos tenemos nuestros pequeños o grandes defectos) o discapacitado...

        El 10 de diciembre de 1948, día luminoso para la vida del hombre por aquella aprobación de los Derechos Humanos, no significó un punto de partida desde el vacío de la historia. Fue simplemente un embalse que recogió mucho (no todo, desde luego) de lo bueno que hay en el hombre y en las tradiciones y culturas de nuestro planeta. Nos ha llegado a nosotros, y nos toca transmitirlo y enriquecerlo, precisamente desde la defensa decidida y amorosa del valor más hermoso que hemos recibido de nuestros padres y de tantas personas que los apoyaron y sostuvieron: la vida.

        Nos toca transmitirlo y defenderlo, de modo especial cuando existen quienes, con una miopía que raya en la ceguera más suicida, andan sometiendo la existencia ajena a los gustos y proyectos de los fuertes. El mundo será grande y justo cuando defendamos el lugar del débil, sin condiciones, sin egoísmos viles, sólo porque en cada uno brilla la luz de la condición humana que se esconde en mí y en todos, y que encierra, como un misterio siempre fresco, la multiplicidad de la grandeza de un Dios que es Padre de todos, también del débil y del enfermo. Un Dios que llama a todos a contribuir, desde su historia y situación concreta e irrepetible, su granito de arena en la perfección de un universo que es diseño de amor y que pide el contagio de ese amor a todos los hombres sin distinciones.
     

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jueves, febrero 15, 2018

“Jesús no predica en un laboratorio, separado de la gente”

Ángelus: La misión de la Iglesia siempre está en movimiento

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        El Evangelio de este domingo continúa la descripción de una jornada de Jesús en Cafarnaúm, un sábado, fiesta semanal para los judíos (cf. Mc 1,21-39). Esta vez el evangelista Marcos pone de relieve la relación entre la actividad taumatúrgica de Jesús y el despertar de la fe en las personas que encuentra. En efecto, con los signos de curación que cumple en los enfermos de todo tipo, el Señor quiere suscitar como respuesta la fe.

        La jornada de Jesús en Cafarnaúm comienza por la curación de la suegra de Pedro y termina con la escena de toda la ciudad que se agolpa delante de la casa donde él se alojaba, para llevarle a todos los enfermos (cf. V. 33). La gente, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decir, “el ambiente vital” en el que se cumple la misión de Jesús, hechos de palabras y de gestos que sanan y consuelan. Jesús no ha venido a traer la salvación en un laboratorio; no predica en un laboratorio, separado de la gente: ¡está en medio de la multitud en medio del pueblo! Pensad que la mayor parte de la vida pública de Jesús la ha pasado en el camino, para estar con la gente, para predicar el Evangelio, para curar las heridas físicas y espirituales. Es una humanidad marcada por los sufrimientos, que Jesús quiere acercar a esa pobre humanidad la acción poderosa, liberadora, y renovadora de Jesús está dirigida hacia esta pobre humanidad. Así, en medio de la gente hasta el anochecer, se concluye ese sábado. ¿Y qué hace Jesús después?.

        Antes del alba del día siguiente, sale de incógnito por la puerta de la ciudad y se retira a un lugar apartado para orar. Jesús ora. De esta manera, aleja su persona y su misión a una visión triunfalista, que malinterpreta el sentido de los milagros y de su poder carismático. Los milagros, en efecto, son “signos” que invitan a la respuesta de la fe; signos que están siempre acompañados por la palabra, que les ilumina; y juntos, signos y palabras, provocan la fe y la conversión por la fuerza divina de la gracia de Dios.

        La conclusión del pasaje evangélico de hoy (vv.35-39) indica que el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús encuentra su lugar propio en el camino. A los discípulos que le buscan para llevarle a la ciudad – los discípulos han ido a buscarle al lugar donde oraba, querían llevarle a la ciudad – ¿qué responde Jesús? “Vamos a otra parte a las aldeas cercanas para que también allí yo proclame el Evangelio” (v. 38). Este ha sido el camino del Hijo de Dios y este será el camino de sus discípulos. Y este deberá ser el camino de todo cristiano. El camino, como lugar del anuncio gozoso del Evangelio, coloca la misión de la Iglesia bajo el signo del “ír”, la Iglesia en camino, bajo el signo de “movimiento” y nunca de la inmovilidad.

        Que la Virgen María nos ayude a estar abiertos a la voz del Espíritu Santo, que impulsa a la Iglesia a dirigir siempre más su tienda en medio de la gente, para llevar a todos la palabra de curación de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos.
Ciudad del Vaticano, 4 febrero 2018.     

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miércoles, febrero 14, 2018

La intolerancia con los débiles


        La intolerancia frente a los débiles ha adquirido con frecuencia a lo largo de la historia una dolorosa forma social e institucionalizada de legalidad.

        Son muchas las voces que se han atrevido a denunciar con firmeza esos atropellos de la dignidad humana. Atropellos que llegan a veces a constituir una auténtica "cultura de la muerte" que en todas las épocas se ha manifestado en la muerte legal de inocentes.

        La historia reciente nos lo muestra con crudeza en el genocidio nazi, en las limpiezas étnicas de tantos conflictos bélicos, o en el más sutil y solapado quitar la vida a los seres humanos antes de su nacimiento, o antes de que lleguen a la meta natural de la muerte.

        Son siempre los miembros más débiles de la sociedad quienes corren mayor riesgo frente a esta peligrosa manifestación de intolerancia. Las víctimas suelen ser los no nacidos (aborto y manipulaciones genéticas), los niños (comercio de órganos), los enfermos y ancianos (eutanasia), los pobres (abusivas imposiciones de control demográfico), las minorías, los inmigrantes y refugiados, etc.

        —¿Y por qué crees que se ha impuesto este error en el mundo en tantas ocasiones? ¿De dónde le viene su atractivo?

        El atractivo del error no proviene del error mismo, sino de la verdad -grande o pequeña- que en él palpita. Por eso, un error es tanto más peligroso cuanta más verdad encubre. Y la modesta verdad que subyace en la cultura de la muerte, y a la que esta debe de prestado su atractivo, es la pequeña ganancia (deshacerse del anciano o del enfermo incómodos, eliminar una nueva vida que nos parece inoportuna, mejorar la calidad de vida de los que permanecemos con vida). Una ganancia que satisface fugaz y brevemente las pasiones humanas, y que oscurece la inteligencia hasta incapacitarla para percatarse del error que comete.

        Curiosamente, la tolerancia ha sido muchas veces la bandera que han tomado quienes imponían esos abusos. Pero detrás de la defensa que hacen de los derechos y de las libertades, se esconde siempre un brutal atropello de los derechos y libertades más elementales. Detrás de una máscara de tolerancia, se esconde la más cruel y macabra muestra de intolerancia: la de no dejar vivir al inocente.
     










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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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