miércoles, agosto 23, 2017

SANTA MÓNICA -2- ENFERMEDAD DEL HIJO Y ORACIONES DE LA MADRE


 Aquí fui yo recibido con el azote de una enfermedad corporal, que estuvo a punto de mandarme al sepulcro, cargado con todas las maldades que había cometido contra ti, contra mí y contra el prójimo, a más del pecado original, en el que todos morimos en Adán (1Co 15,22). Porque todavía no me habías perdonado ninguno de ellos en Cristo, ni éste había deshecho en su cruz las enemistades (Ef 2,16) que había contraído contigo con mis pecados. ¿Y cómo iba a deshacerlos aquel fantasma que colgaba de la cruz, tal como yo creía en él? Porque tan verdadera era la muerte de mi alma como falsa me parecía a mí la muerte de su carne, y tan verdadera la muerte de su carne como falsa la vida de mi alma, que no creía esto. Y agravándose las fiebres, ya casi estaba a punto de irme y perecer. Pero ¿adónde hubiera ido, si entonces hubiera tenido que salir de este mundo, sino al fuego y tormentos que merecían mis acciones, según la verdad de tu ordenación? No sabía esto mi madre, pero oraba por mí ausente, escuchándola tú, presente en todas partes allí donde ella estaba, y ejerciendo tu misericordia conmigo donde yo estaba, a fin de que recuperara la salud del cuerpo, todavía enfermo y con un corazón sacrílego. Porque estando en tan gran peligro no deseaba bautismo, siendo mejor de niño, cuando se lo pedí a mi piadosa madre, como ya tengo recordado y confesado. Pero había crecido, para vergüenza mía, y, necio, me burlaba de los consejos de tu Medicina.

Con todo, no permitiste que en tal estado muriese yo doblemente, y con cuya herida, de haber sido traspasado el corazón de mi madre, nunca hubiera sanado. Porque no puedo decir bastantemente el gran amor que me tenía y con cuánto mayor cuidado me paría en el espíritu que me había parido en la carne.

 Así que no veo cómo hubiese podido sanar si mi muerte en tal estado hubiese traspasado las entrañas de su amor. ¿Y qué hubiese sido de tantas y tan continuas oraciones como por mí te hacía sin cesar? ¿Acaso tú, Dios de las misericordias, despreciarías el corazón contrito y humillado (Sal 50,19) de aquella viuda casta y sobria, que hacía frecuentes limosnas y servía obsequios a tus santos? ¿Que ningún día dejaba de llevar su oblación al altar? ¿Que iba dos veces al día —mañana y tarde— a tu iglesia, sin faltar jamás, y esto no para entretenerse en vanas conversaciones y chismorreos de viejas, sino para oírte a ti en los sermones y que tú la oyeses a ella en sus oraciones? ¿Habías tú de despreciar las lágrimas con que ella te pedía no oro, ni plata, ni bien alguno frágil y mudable, sino la salud de su hijo? ¿Habrías tú, digo, por cuyo favor era ella tal, de despreciarla y negarle tu auxilio? De ningún modo, Señor; antes estabas presente a ella, y la escuchabas, y hacías lo que te pedía, mas por el modo señalado por tu providencia.

No era posible, no, que tú la engañaras en aquellas visiones y respuestas que le habías dado, de alguna de las cuales hemos hablado ya, y otras que paso en silencio, las cuales conservaba ella fielmente en su pecho y te las recordaba en sus oraciones como firmas de tu mano, que debías cumplir. Porque aunque tu misericordia es infinita (Sal 117,1), tienes a bien hacerte deudor con promesas de aquellos mismos a quienes tú perdonas todas sus deudas.
C.V, 8,16-17

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martes, agosto 22, 2017

HÁBITOS QUE HACEN DAÑO

 —¿Y qué dices sobre la idea de promover la distribución de preservativos a adolescentes en escuelas y colegios?

 Al proporcionar los preservativos y animar a adolescentes a emplearlos, no se les está simplemente proporcionando un método para evitar embarazos o para impedir el contagio del sida. Aparte de que para ambas cosas está demostrándose un medio bastante poco eficaz, lo que ese uso juvenil del preservativo modifica es el comportamiento de sus usuarios, pues a través de esa práctica se impone una determinada manera de conducirse en su vida sexual. Como ha señalado Aquilino Polaino, al suministrar el preservativo, se está estimulando una conducta que, con la repetición de actos (con el consumo de más preservativos), acabará por configurar y modular una determinada facilidad para las relaciones sexuales, pues se implanta y emerge un nuevo hábito de comportamiento. En la persona en que arraigue el nuevo hábito, cambiará también su sistema perceptivo y, por consiguiente, cualquier estímulo erótico tendrá más capacidad de suscitar en él una respuesta sexual, haciéndole más dependiente -y por tanto menos libre- con respecto a lo que le plantea el ambiente.

Por otra parte, su organismo también se habituará a ese tipo de respuestas sexuales, frustrándose con mayor frecuencia e intensidad cuando no pueda satisfacer la facilidad para obrar de esa manera que ahora le reclama, con una mayor exigencia que antes, el nuevo hábito.

Por consiguiente, en tanto que el uso del preservativo genera un hábito de comportamiento y, a través de este, una mayor facilidad para obrar así con mayor frecuencia, habrá que concluir que propiciar su uso multiplica la probabilidad de que en el futuro los usuarios establezcan más relaciones sexuales (es decir, mayor número de contactos potencialmente contagiosos). Por eso, la estrategia de recomendar preservativos, como se ve, no solo está equivocada, sino que además en muchos casos resulta peligrosa. Si realmente se quiere ayudar a la juventud, y nos preocupa el aumento de embarazos en adolescentes y el contagio, las campañas de ayuda no tienen que apuntar a lo puramente biológico, sino a cultivar en ellos su espíritu, su recta razón, y esas facultades tan importantes en el ser humano como son la voluntad y la libertad.

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SANTA MÓNICA-1- TRASLADO A ROMA, ENGAÑANDO A SU MADRE

También fue obra tuya para conmigo el que me persuadiesen irme a Roma y allí enseñar lo que enseñaba en Cartago. Pero no dejaré de confesarte el motivo que me movió, porque aun en estas cosas se descubre la profundidad de tu designio y merece ser meditada y ensalzada tu siempre presente misericordia para con nosotros. Porque mi determinación de ir a Roma no fue por ganar más ni alcanzar mayor gloria, como me prometían los amigos que me aconsejaban tal cosa —aunque también estas cosas pesaban en mi ánimo entonces—, sino la causa máxima y casi única era haber oído que los jóvenes de Roma eran más sosegados en las clases , merced a la rigurosa disciplina a que estaban sujetos, y según la cual no les era lícito entrar a menudo y en tropel en las aulas de los maestros que no eran los suyos, ni siquiera entrar en ellas sin su permiso; todo lo contrario de lo que sucedía en Cartago, donde es tan torpe e intemperante la licencia de los escolares que entran desvergonzada y furiosamente en las aulas y trastornan el orden establecido por los maestros para provecho de los discípulos. Cometen además con increíble estupidez multitud de insolencias, que deberían ser castigadas por las leyes, de no patrocinarles la costumbre, la cual los muestra tanto más miserables cuanto cometen ya como lícito lo que no lo será nunca por tu ley eterna, y creen hacer impunemente tales cosas, cuando la ceguedad con que las hacen es su mayor castigo, padeciendo ellos incomparablemente mayores males de los que hacen.

Así, pues, me vi obligado a sufrir de maestro en los demás aquellas costumbres que siendo estudiante no quise adoptar como mías. Y por eso me agradaba ir allí [Roma], donde los que lo sabían aseguraban que no se daban tales cosas. Mas tú, Señor, esperanza mía y porción mía en la tierra de los vivientes (Sal 141,6) a fin de que cambiase de lugar para la salud de mi alma, me ponías espinas en Cartago para arrancarme de allí y deleites en Roma para atraerme allá, por medio de unos hombres que amaban una vida muerta: unos haciendo locuras aquí, otros prometiendo cosas vanas allí, usando tú para enderezar mis paso (Sal 39,3) ocultamente de la perversidad de aquéllos y de la mía. Porque los que perturbaban mi ocio con gran rabia eran ciegos, y los que me invitaban a lo otro sabían a tierra (Flp 3,19), y yo, que detestaba en Cartago una verdadera miseria, buscaba en Roma una falsa felicidad.

 Pero el verdadero porqué de salir yo de aquí e irme allí sólo tú lo sabías, oh Dios, sin indicármelo a mí ni a mi madre que lloró amargamente mi partida y me siguió hasta el mar.
Pero hube de engañarla, porque me retenía por fuerza, obligándome o a desistir de mi propósito o a llevarla conmigo, por lo que fingí tener que despedir a un amigo al que no quería abandonar hasta que, soplando el viento, se hiciese a la vela. Así engañé a mi madre, y a tal madre, y me escapé, y tú perdonaste este mi pecado misericordiosamente, guardándome, lleno de execrables inmundicias, de las aguas del mar para llegar a las aguas de tu gracia, con las cuales lavado, se secasen los ríos de los ojos de mi madre, con los que ante ti regaba por mí todos los días la tierra que estaba bajo su rostro.

Sin embargo, como rehusase volver sin mí, apenas pude persuadirla a que permaneciera aquella noche en lugar próximo a nuestra nave, en la Memoria de san Cipriano. Y aquella misma noche me partí a clandestinamente sin ella, dejándola orando y llorando. ¿Y qué era lo que te pedía, Dios mío, con tantas lágrimas, sino que no me dejases navegar? Pero tú, mirando las cosas desde un punto más alto y escuchando en el fondo su deseo, no cuidaste de lo que entonces te pedía para hacerme tal como siempre te pedía.

Sopló el viento, hinchó nuestras velas y desapareció de nuestra vista la playa, en la que mi madre, a la mañana siguiente, enloquecía de dolor, llenando de quejas y gemidos tus oídos, que no los atendían, antes bien me dejabas correr tras mis pasiones para dar fin a mis concupiscencias y castigar en ella su afecto carnal con el justo azote del dolor. Porque también como las demás madres, y aún mucho más que la mayoría de ellas, deseaba tenerme junto a sí, sin saber los grandes gozos que tú le preparabas con mi ausencia. No lo sabía, y por eso lloraba y se lamentaba, acusando con tales lamentos el fondo que había en ella de Eva al buscar con gemidos lo que con gemidos había parido.
Por fin, después de haberme acusado de mentiroso y mal hijo y haberte rogado de nuevo por mí, se volvió a su vida ordinaria y yo a Roma.
C. V, 8, 14-15

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lunes, agosto 21, 2017

Deseaba las migajas que caían de la mesa, e inmediatamente se encontró sentada a la mesa

También aquella mujer cananea que iba gritando tras el Señor, ¡cómo clamó! Su hija sufría un demonio; estaba poseída por el diablo, pues la carne no estaba de acuerdo con la mente. Si ella clamó tan intensamente por su hija, ¡cuál debe ser nuestro clamor en favor de nuestra carne y nuestra alma! Veis lo que consiguió con su clamor. En un primer momento fue despreciada, pues era cananea, un pueblo malo que adoraba los ídolos. El Señor Jesucristo, en cambio, caminaba por Judea, tierra de los patriarcas y de la Virgen María, que dio a luz a Cristo: era el único pueblo que adoraba al verdadero Dios y no a los ídolos. Así, pues, cuando le interpeló no sé qué mujer cananea, no quiso escucharla. No le hacía caso precisamente porque sabía lo que le tenía reservado: no para negarle el beneficio, sino para que lo consiguiera ella con su perseverancia. Le dijeron, pues, sus discípulos: «Señor, despáchala ya, dale una respuesta; estás viendo que clama detrás de nosotros y nos está cansando.» Y él replicó a sus discípulos: No he sido enviado más que a las ovejas que perecieron de la casa de Israel. He sido enviado al pueblo judío para buscar las ovejas que se habían perdido. Había otras ovejas en otros pueblos, pero Cristo no había venido para ellas, porque no creyeron por la presencia de Cristo, sino que creyeron a su Evangelio. Por eso dijo: No he sido enviado sino a las ovejas; por eso también eligió personalmente a los apóstoles.

De aquellas mismas ovejas era Natanael, de quien dijo: He aquí un israelita en quien no hay engaño. De aquellas ovejas procedía la gran muchedumbre que ponía los ramos delante del asno que llevaba al Señor y decía: Bendito él que viene en el nombre del Señor. Aquellas ovejas de la casa de Israel se habían extraviado y habían reconocido al pastor que estaba presente y habían creído en Cristo a quien veían. Por lo tanto, cuando no atendía a aquella mujer, la dejaba para más tarde como oveja de la gentilidad. A pesar de haber oído lo que el Señor dijo a sus discípulos, ella perseveró clamando sin cesar. Y el Señor, dirigiéndose a ella, le dice: No está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros. La llamó perro, ¿por qué? Porque pertenecía a los gentiles, quienes adoraban los ídolos; pues los perros lamen las piedras. No está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros. Ella no contestó: «Señor, no me llames perro, porque no lo soy», sino más bien: «Dices la verdad, Señor, soy un perro.» Mereció el beneficio cuando reconoció la verdad del insulto; donde reconoció la iniquidad, allí fue coronada la humildad. Así es, Señor; dices la verdad; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus señores. Y entonces el Señor: ¡Oh mujer!, grande es tu fe; hágase según tú deseas. Poco ha la llamó perro, ahora mujer; ladrando se ha transformado. Deseaba las migajas que caían de la mesa, e inmediatamente se encontró sentada a la mesa. En efecto, cuando le dice: Grande es tu fe, ya la había contado entre aquellos cuyo pan no quería echar a los perros.

 Sermón 154 A, 5

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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