jueves, marzo 23, 2017

Siempre alguien paga por ello

La incontinencia sexual suele traer, después de los primeros momentos de goce, una pesada impresión de insatisfacción, de error, de disgusto. Sabes que has hecho algo indebido. Es fácil que te sientas descontento, culpable, degradado. Después, con el tiempo, quizá llegues a racionalizarlo de alguna manera y consigas olvidarlo, o considerarlo normal, o incluso positivo, pues cuando el pecado se convierte en hábito, su dependencia dificulta cada vez más discernir lo bueno y lo malo. Cuando se antepone el placer a la responsabilidad, siempre hay un precio que pagar. Los que creen poder conseguir lo uno y lo otro se dejan engañar con demasiada facilidad.

La obsesión por la satisfacción de los propios deseos ciega a quien la sufre. Impide ver el efecto perjudicial que ese comportamiento tiene sobre los demás. Pero alguien, en algún momento, tendrá que pagar por esas claudicaciones. Puede que sea una persona con cuyos sentimientos más íntimos has jugado; o una criatura aún no nacida que acabará sus días en un cubo de basura, condenada porque fue el resultado de un "error"; o un matrimonio, y quizá unos hijos, destrozados por una relación adúltera frívola y absurda. Un egoísmo disfrazado de amor que ha roto un compromiso, ha allanado los derechos de otro, o ha convertido a unos niños en víctimas inocentes. Siempre hay alguien que paga por ello. Entre otras cosas, porque quien nunca falta en esa cadena de quebrantos es uno mismo. Tolstoi aseguraba que el hombre que ha conocido a varias mujeres para solo su placer, ya no es un hombre normal, sino alguien que difícilmente dejará de ver a la mujer como a un objeto. Será un hombre que necesitará, para volver a ser normal, todo un proceso de rehabilitación. Un hombre que pagará un alto precio por haberse dejado seducir por esa máscara del amor.

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miércoles, marzo 22, 2017

Derechos de las personas con discapacidad

        El 3 de mayo de 2008, después de haber sido firmada por más de 100 países y ratificada por 20 gobiernos o parlamentos, entró en vigor la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad. La Convención había sido aprobada por la Asamblea general de las Naciones Unidas en diciembre de 2006.

        Estamos ante un esfuerzo notable para ayudar a millones de personas discapacitadas. Pero surge una pregunta inquietante: ¿qué sentido tiene aprobar esta Convención sin garantizar, al mismo tiempo, la integridad física y la misma existencia de los embriones y fetos humanos con alguna discapacidad?

        La vida de cualquier ser humano antes de su nacimiento merece un cuidado especial. Si esa vida ha iniciado con heridas o daños, genéticos o de otro tipo, necesita mayores atenciones durante el embarazo e inmediatamente después del parto.

        Resulta un contrasentido promover los derechos de los discapacitados ya nacidos mientras se guarda un silencio cómplice ante la masacre continua y discriminatoria de miles de hijos antes de nacer, abortados simplemente porque tenían alguna discapacidad.

        El espíritu que ha llevado a aprobar la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad podría cambiar la situación, si nos llevase a promover un esfuerzo conjunto para evitar las discriminaciones prenatales.

        Si leemos el artículo 1 de la Convención se hace evidente cuál sea el objetivo que se busca con ella: “El propósito de la presente Convención es promover, proteger y asegurar el goce pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y libertades fundamentales por [para] todas las personas con discapacidad, y promover el respeto de su dignidad inherente”.

        En el mismo artículo 1 se explica qué se entiende por “persona con discapacidad”:

        “Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.

        En el artículo 2, dedicado a las “Definiciones”, se explica el sentido de la expresión “discriminación por motivos de discapacidad”:

        “Por ‘discriminación por motivos de discapacidad’ se entenderá cualquier distinción, exclusión o restricción por motivos de discapacidad que tenga el propósito o el efecto de obstaculizar o dejar sin efecto el reconocimiento, goce o ejercicio, en igualdad de condiciones, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en los ámbitos político, económico, social, cultural, civil o de otro tipo”.

        Dejamos de lado otros aspectos de la Convención que necesitarían un análisis más detallado. Sólo resulta oportuno notar aquí un punto preocupante: la inclusión en el artículo 25 del confuso concepto de “salud sexual y reproductiva” que para no pocos países es sinónimo, entre otras cosas, del así llamado (abusivamente) “derecho al aborto”.

        Dejando de lado lo anterior, sea bienvenido el esfuerzo mundial por ayudar a los cientos de millones de discapacitados en el ejercicio de sus derechos fundamentales. Sea bienvenido el trabajo de los gobiernos y de la sociedad para que nadie sufra daños en su integridad física ni sea marginado en los diversos ámbitos en los que pueda desarrollar sanamente sus proyectos existenciales.

        Sea bienvenido, sobre todo, en el espíritu de la Convención, y por encima del silencio que en el texto actual reina sobre el tema, el esfuerzo de todos por erradicar cualquier aborto sobre seres humanos con discapacidades. Ellos, como cualquier otro hijo, tienen derecho a nacer, sin discriminaciones. Tienen, especialmente, necesidad de amor, que es lo más hermoso que los adultos podemos ofrecer a cada uno de los miembros de la familia humana.

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martes, marzo 21, 2017

SIMÓN DE CIRENE (5)

7. Muchas cruces sin cireneos
Cristo sufre y pasa hambre en gran parte de la humanidad, padece en los hospi-tales atiborrados de enfermos; vive la soledad de muchos marginados por las injus-ticias de un mundo insolidario; tiene frío en los miles que, en lo más crudo del invierno, duermen en la calle sin techo ni abrigo ni calor; está en el preso justa o in-justamente condenado, en el padre de familia sin trabajo y que nada puede llevar a la casa para poder comer y vestir a sus hijos y educarlos como es de ley.

Él, que no tenía dónde reclinar la cabeza, se hace presente en los desheredados de la tierra. Perseguido por Herodes apenas nacido, muere en miles de niños que cada día desfallecen de hambre. Herido y maltratado, soporta el sufrimiento de los torturados y masacrados. Sus varios momentos de llanto en el evangelio (en la muerte de Lázaro, ante la futura caída de Jerusalén…) se multiplican en los gemidos de los que lloran sin consuelo y sin esperanza. Emigrante y exiliado en tierra extranjera, sigue emigrando y exiliándose en los miles de seres humanos que, empujados por la miseria, buscan una tierra donde no mueran de hambre. Y en mu-chos de ellos que mueren en la travesía del desierto o del mar. 

Para saber que todo esto es así, basta recordar lo que nos dice en el capítulo 25 del evangelio de Mateo: Tuve hambre…, y sed…, fui emigrante o forastero…, estuve desnudo…, enfermo…, y preso…; os aseguro que todo lo que hicisteis con estos mis herma-nos más pequeños, conmigo lo hicisteis.  Es crucificado donde el ser humano sufre o muere. No cabe mayor solidaridad. Hasta ese extremo lo lleva el amor sin límites.

Y no hay cireneos para tanto Cristo sufriente, para tanta cruz insoportable, para tanto calvario. No hay cireneos para ayudar a Cristo en muchos aplastados por las injusticias de los menos. Quizás “van de paso” para celebrar su pascua personal, para buscarse sólo a sí mismos, para salvar su vida al margen o prescindiendo de los otros, marginando a los demás. No se encuentran a sí mismos, sólo el vacío, se pierden. 

Nada me invento yo, son palabras de mismo Jesús: Quien se empeñe en salvar su vida la perderá; quien pierda su vida por mí la salvará (Lc 9, 24). Y “perderla” por los hermanos, es “perderla” por Jesús.

Dirás que nada puedes hacer para aliviar tanto mal, tanta tragedia y tanta muerte. Puede ser verdad. Pero no podrás negar que hay cruces muy cerca de ti, individualizadas, personas concretas, y que tú conoces. Abre los ojos de tu conciencia adormecida y verás mejor. Afina el oído de tu corazón quizás endurecido y oirás mejor. Camina con amor hacia el hermano y encontrarás sin duda una cruz que aliviar.

Cruces en el camino de tu vida: Un vecino en paro y la familia pasando hambre; un enfermo desahuciado olvidado de todos; una mujer maltratada por la fuerza bruta de su hombre; un emigrante, no importa su color, procedencia, cultura o re-ligión, sin “papeles” ni trabajo; unos niños huérfanos y con futuro incierto; un pobre “vergonzante”, que los hay, al límite de sus escasas posibilidades; un anciano que, porque estorba en la casa, buscan para él un lugar donde recluirlo; un despe-dido injustamente de su trabajo…

La lista sería larga. Tan larga como la cruz de Cristo que llega hasta ellos. En ellos está clavado Cristo. En ellos sufre y muere, esperando una resurrección, una liberación, una salida digna. Esperando siempre un cireneo que se vea “forzado” por su amor a ayudar a llevar la cruz de quien la carga. 

No vale estar cerca y mirar, por mera curiosidad, al que pasa. Ni basta el lamento por lo que ocurre. Ni sólo clamar justicia, ni la crítica fácil que nada consigue. Es necesario “pasar” con él, vivir la pascua de Jesús, que es “paso” de la muerte a la vida; es decir, es preciso entrar en la dinámica del evangelio y con la fuerza del amor ponerse en la piel del otro, hacer tuyos sus problemas y carencias, arrimar tu hombro a su cruz y caminar juntos en busca de una vida más digna.

Sólo así, ti te pierdes en él por la causa de Jesús, te encontrarás a ti mismo y salvarás tu vida. Recuerda que esto lo dijo Jesús. Lo dijo y lo hizo: no se buscó a sí mismo, entregó su vida por la liberación y salvación de todos, y resucitó. También tu resucitarás a la vida nueva si así sigues a Cristo, cargando la cruz, la tuya o la de otros, y siguiéndole hasta el final.

8. ¿Qué puedo hacer?
Amar. Eso es todo. Amar como una madre ama a su hijo enfermo, débil o discapacitado. ¿Qué más pude hacer por ti, que no hice? (Is 5, 4), pregunta Dios a Israel por boca de Isaías. Y en el mismo profeta Dios compara su amor al pueblo que sufre con el amor de una madre: ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49, 15). 

Y Dios, como buen Padre, nos ama tanto que entregó a su propio Hijo para que, quien crea no perezca, sino tenga vida eterna (Jn 3, 16). Y el amor del Hijo llegó hasta dar la vida en la cruz por todos. Una vez más, y como siempre, amor y cruz van estrechamente unidos. Ni la muerte los separa.
¿Qué le mueve a una madre a entregarse por entero al hijo que sufre, enfermo, necesitado y abatido? El amor. El amor es la fuerza que mueve el mundo, es capaz de cambiar de raíz las situaciones más injustas y de romper las barreras más altas y sólidas. Es capaz de cambiar un corazón de piedra por un corazón de carne. El amor, cuando es como el de Jesús, lo puede todo.

Es el arma que pone Cristo en tus manos. Y te pide, te manda, que ames como él te ha amado. Por su amor entregado, Él nos ha redimido y salvado. Por tu parte, sigue también el consejo de san Agustín: Si haces la paz, hazla por amor. Si corriges, corrige por amor. Si perdonas, perdona por amor… Procura que el amor eche raíces en tu alma (In ep. Jn 7, 8). 

Cuando el amor se une a la cruz, surge la vida, se renueva la esperanza y se hace la luz. Si es tu propia cruz, sigue con ella al Maestro y te irá bien. Si es del otro, arrima el hombro y comparte el peso del amor con él. Cristo la carga contigo, con vosotros. Aquí está la clave para que la humanidad sea, en lo que cabe, feliz. Y tú también.
Tomado del Libro Bebieron de la Fuente
P. Teodoro Baztán Basterra.







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lunes, marzo 20, 2017

SIMÓN DE CIRENE (4)

6. Quien quiera seguirme
Condición indispensable para ser cristiano, con todo lo que esta palabra implica, es cargar con la cruz y seguir a Cristo (Mt 16, 24).  Un cristiano que rehúye la cruz, cuando ésta es ineludible e irremediable, no es tal, por más que así se llame. Por la sencilla razón de que no sigue a Cristo ni es capaz de compartir la cruz de los otros. 

Hay cruces que se deben rechazar o eliminar. O al menos aliviar. El enfermo, porque la salud y la vida son un bien, acudirá al médico en busca de curación. El pobre luchará por salir de su pobreza y lograr una vida más digna para él y los suyos. El abatido por la tristeza, el fracaso o la soledad, buscará alivio y consuelo. El anciano, cuando los años pesan y decrece la ilusión por vivir, necesitará compa-ñía y cariño a su alrededor. Y así, muchas otras cruces que degradan la vida del hombre. 

Basta abrir las páginas del evangelio para encontrar a Cristo recorriendo los caminos de Galilea y “descargando” o aligerando la cruz de muchos: ciegos y leprosos, pobres y hambrientos. Venid a mí, dice, los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt  11, 28). Pero añade a continuación: Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera (Ib.).

San Agustín resume en breves palabras todo lo dicho anteriormente. Dice: Si estás débil, evita una enfermedad peor. Si estás fuerte, cuida de la debilidad de tu hermano (S.  62, 4, 7). Aligera tu cruz o evítala, cuando esté en tus manos hacerlo; y si estás aliviado y eres fuerte, carga con la cruz del hermano. No te quedes nunca sin la cruz, la tuya o la del hermano, para seguir mejor a Jesucristo. 

No te engañes: Nunca faltará la cruz en tu vida; pesada si no amas, liviana y li-gera si con ella sigues a Cristo con amor. Él no quita la cruz a nadie (problemas, enfermedades, preocupaciones, contratiempos…), pero da a todos, si se arriman a la suya, espaldas anchas y fuertes para cargarla. Más todavía, la cruz se hace mu-cho menos pesada porque Él la lleva contigo. 

Quien acepta a Cristo, acepta y acoge la cruz. Desde que Él murió en ella y resucitó, ella es signo de vida y de victoria. Dolorosa siempre, pero portadora de vida. San Agustín goza contemplando a Cristo cargando con la cruz para liberarnos de la muerte. Dice: Encuentro mucho gozo en imitar, en cuanto puedo,  la mansedumbre de Cristo, que tomó sobre sí el mal de la muerte para liberarnos de ella. (De mor. Ecc. Cath. 1, 2, 3).
Tomado del Libro Bebieron de la Fuente
P. Teodoro Baztán Basterra.

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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